Bianca-Balti

 

lo tremendo

 

Casi todo lo importante sucede a destiempo, a contraluz, cuando ya todo el mundo se ha ido o cuando no ha llegado

nadie todavía. Bianca está hermosa, postiza de gafas sin cristales, con el pelo desordenado por el viento, espléndida.

Tiene una boca entreabierta de labios, acolchada o frutal, de color rojo orgánico –que viene a ser el de la cresta de un gallo-,

con los dientes incisivos delanteros superiores y blancos, puestos ahí, tal vez para que no olvidemos el origen animal

y mordedor de esta criatura, tal vez para que recordemos que son parte de la sonrisa fija de la calavera que lleva dentro,

debajo, para más tarde, para otro día.

Una vida humana parece a menudo incompleta; como si su mayor parte transcurriera cuando no la vemos, donde no la

vemos, quizá, además, indescifrable. O tal vez sólo contiene la porción de misterio que queramos ponerle.

Y la mano, abierta de dedos extendidos y apoyada allí donde está la entrega, el alma, la pasión, la promesa, incluso el

corazón rojo impulsando sangre decenas, docenas de veces por minuto, como una máquina excesiva y casi perfecta.

Con los ojos y con la mirada de Bianca hay que tenerlo muy claro para ponerles palabras, porque siempre se quedan cortas,

insuficientes, pobres, mientras ella nos mira directamente, dejando atrás las palabras, abriéndose paso entre los huecos del

lenguaje, salpicándonos de goterones verdes, que ya hacemos mucho manteniendo seca la pólvora.

Lo tremendo de la belleza es que no necesita aportar pruebas: las lleva todas puestas, ajustadas con milimétrica precisión,

en un despiadado alarde que viene a ser similar al de la lluvia, que nunca se queda en el cielo, sino que cae porque es lo suyo.

¿Haremos eterno lo pasajero? ‘Esa carnalidad mortal y rosa donde el amor inventa su infinito’ –dijo el poeta. Sólo los necios

se apoyan allí donde los ángeles temen posarse.

Casi todo, importante o trivial, sucede allí donde no estamos, cuando todavía no hemos llegado. La belleza es una tiranía de

corta duración, pero quisiéramos sentirla en directo, sufrir en directo su poderío irracional, su implacable despotismo. Siempre

es tarde, o surgen obstáculos, dificultades: se cruzan en el camino las innumerables sardinas plateadas, o esas aves blancas

que vuelan muy bajo, o los hijos de la ira en multitudes, o se interpone el mar con su agua abundante y su risa contagiosa.

Así que acabamos meditando al atardecer, acariciando al perro y mirando las primeras estrellas.

La belleza es mucho más difícil de explicar que la felicidad.

 

 

 

 

 

 

 

 

Narciso de Alfonso

Merodeos populares: lo tremendo


 

 

 

 

 

 

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