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The_ThreeGraces,_by_Peter_Paul_Rubens

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las tres gracias

Como es natural, lo que uno siente ante este cuadro es miedo,

temor, que ronda el pánico al mirar la cara de la gracia rubia,

la de la izquierda, que parece que solamente quiere morder.

Frente a estas pellejudas es difícil dejar el susto, pero también

el asombro: todo, en ellas, es inexplicablemente feo, como si el

pintor hubiese elegido siempre, en cada detalle, la peor opción,

de forma deliberada y perversa.

La funda, el forro, el tapizado de piel les va grande a todas ellas,

pero lo espeluznante es ver cómo se hunde el pulgar de la segunda

en el brazo de la rubita, por poner un poner, o cómo ha resuelto

este artista el delicado asunto de las tetas: no es fácil, es muy

difícil, conseguir algo peor: asimétricas, de piel áspera de naranja,

abollonadas y de pezones lavados, con arrugas que son

casi grietas a otro mundo.

El pintor no ha respetado ni el entrañable hueco de las rodillas, ay,

son mujeres sin tendones, sin ningún elemento que tense sus

estructuras elásticas: las únicas formas les provienen de la grasa,

y más que formas curvas son redondeadas como gordas pelotas

recosidas, qué culos más panderos, qué pantorras de ciclista, qué

pies de longitud y empeine, qué pubis más adiposos.

Bernarda, Fernanda y Manolita, mujeres deformes con caretos de

voracidad, saltonas de ojos y afiladas de nariz, con bocas

mordedoras y actitudes pegajosas, toquiñonas y adhesivas.

Después de ver este cuadro, uno ya no vuelve a ser el mismo: algo

importante se le ha roto o se le ha caído por dentro: quizá la imagen

de la mujer, quizá la mujer o, poniéndose en lo peor, quizá la

imagen, ay.

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Narciso de Alfonso

Merodeos: el desnudo femenino en la pintura


 

 

Peter Paul Rubens (1577-1640)

Las tres gracias c. 1635

óleo sobre lienzo de 221 X 181 cm

Museo del Prado

 

 

 

 

 


 

 

 

 

 

 

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