Posiblemente, el doblete estupidez + crueldad, que se está generalizando

deprisa entre los ciudadanos de la ciudadanía, sea más bien redundante,

ya que cuando uno, alguien, renuncia a entender con su inteligencia o se aviene

con demasiada facilidad a las propuestas estúpidas de su entorno, respondiendo

con su propia estupidez, no es fácil, es difícil contener, controlar, evitar

una dosis más o menos grande de crueldad, que quizá no tenga la intención

voluntaria de hacer daño al vecino, al conocido, al medio amigo, al compañero

del curro o a la pareja de convivencia.

 

Sin embargo, esa crueldad se activa con una dinámica paralela a la estupidez

de la que deriva, enseguida se despersonaliza y se hace ambiental, por decirlo

así, invade los escenarios de la vida y uno, cada uno, la recibe y la devuelve

a su vez, todo ello sin agresividad, desde luego, sin salir nunca del parque temático

disney, del que ya no sale nadie, nunca, para nada.

 

En cualquier caso, la estupidez es una estupidez real, y sus consecuencias

son directamente reales, así como la crueldad es realísima, aunque se haga

a lo tonto y sin intención de daño ni de venganza. La estupidez, que llamaría

viral si quisiera utilizar el dialecto de la tribu, no es un retraso mental, es claro;

y la crueldad, asimismo viral, no es agresividad deliberada. Se trata más bien

de contactos, casi de caricias estúpidas y crueles, que se llevan a la cena

con los amigos como la botella de vino y los pastelitos de postre.

 

Nadie, virtualmente nadie, se da cuenta de su comportamiento estúpidamente

cruel: sería del todo contraproducente y una clara muestra de insolidaridad,

incluso una falta de educación para los ciudadanos más disney, aquellos

que quieren ser civilizados con todas sus fuerzas.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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