robert-pinsky

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the city

I live in the little village of the present


But lately I forget my neighbors’ names.


More and more I spend my days in the City:


The great metropolis where I can hope


To glimpse great spirits as they cross the street,


Souls durable as the cockroach and the lungfish.


When I was young, I lived in a different village.


We had parades: the circus, the nearby fort.


And Rabbi Gewirtz invented a game called “Baseball.”


To reach first base you had to chant two lines


Of Hebrew verse correctly. Mistakes were outs.


One strike for every stammer or hesitation.


We boys were thankful for the Rabbi’s grace,


His balancing the immensity of words


Written in letters of flame by God himself


With our mere baseball, the little things we knew . . .


Or do I remember wrong, did we boys think


(There were no girls) that baseball was the City


And that the language we were learning by rote

—
A little attention to meaning, now and then—


Was small and local. The Major Leagues, the City.


One of the boys was killed a few years later,


Wearing a uniform, thousands of miles away.


He was a stupid boy: when I was captain,


If somehow he managed to read his way to first,


I never let him attempt the next two lines


To stretch it for a double. So long ago.


Sometimes I think I’ve never seen the City,


That where I’ve been is just a shabby district


Where I persuade myself I’m at the center.


Or: atrocities, beheadings, mass executions,


Troops ordered to rape and humiliate—the news,


The Psalms, the epics—what if that’s the City?


Gewirtz, he told us, means a dealer in spices.


Anise and marjoram used for embalming corpses,


For preserving or enhancing food and drink:


The stuff of civilization, like games and verses.


The other night, I dreamed about that boy,


The foolish one who died in the course of war:


He pulled his chair up so he faced the wall.


I wanted him to read from the prayer-book.


He didn’t answer—he wouldn’t play the game.

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la ciudad


Vivo en la pequeña aldea del presente

pero últimamente ya no sé cómo se llaman mis vecinos.

Más y más a menudo paso mis días en la Ciudad:

la gran metrópolis en la que puedo tener la esperanza

de vislumbrar imponentes espíritus cruzando la calle,

almas resistentes como la cucaracha y el pez pulmonado.

Cuando era joven, vivía en una aldea diferente.

Teníamos desfiles: el circo, el fuerte cercano.

Y el rabino Gewirtz inventó un juego llamado «Béisbol».

Para alcanzar primera base tenías que cantar correctamente

dos versos en hebreo. Los errores eran eliminaciones.

Un strike por cada tartamudeo o titubeo.

Los chicos dábamos gracias a la benevolencia del rabí,

cómo lograba equilibrar la inmensidad de las palabras

escritas en letras de fuego por el mismísimo Dios

con nuestro simple béisbol, con las cosillas que sabíamos…

O quizás recuerde yo mal, quizás los chicos pensábamos

(no había chicas) que el béisbol era la Ciudad

y que el lenguaje que aprendíamos a base de repetir

–con un poco de atención al significado, de vez en cuando–

era algo pequeño y local. Las Grandes Ligas, la Ciudad.

A uno de los chicos lo mataron pocos años después,

vistiendo el uniforme, a miles de millas de distancia.

Era un muchacho estúpido: las veces que yo hacía de capitán,

si se las arreglaba para llegar hasta primera base,

nunca lo dejaba avanzar dos líneas

para forzar un doble. Hace tantísimo tiempo…

A veces creo que nunca he visto la Ciudad,

que el lugar donde he estado es solo un barrio infame

en el que me convenzo de que estoy en el centro.

O: salvajadas, decapitaciones, ejecuciones en masa,

tropas con órdenes de violar y humillar –las noticias,

los Salmos, las epopeyas–, ¿y si la Ciudad es eso?

Gewirtz, nos contó, significa mercader de especias.

Anís y mejorana para el embalsamamiento de cadáveres,

para conservar o mejorar la comida y la bebida:

la materia de la civilización, como los juegos o los versos.

La otra noche soñé con aquel muchacho,

aquel insensato que murió en la guerra:

acercaba la silla para mirar hacia la pared.

Yo pretendía que leyera del libro de oraciones.

Él no contestaba, no iba a jugar a ese juego.

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Robert Pinsky

Ginza Samba: Poemas escogidos

Vaso Roto, 2014

Traducción, A. Catalán

newyorker.com/magazine

 

 

 


 

 

 

 

 

 

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