sección de prosa espléndida

 

 

 

trilogía de samuel beckett: 

 

molloy · malone muere · el innombrable

 

 

 

 

molloy

 

páginas 2-6

 

 

 

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También pasan personas de las cuales no es fácil distinguirse con claridad. Esto si que le desanima a uno.

Por ejemplo, así fue como vi que A y B iban el uno en dirección al otro, sin darse cuenta de lo que estaban haciendo. Era un camino de una soledad impresionante, quiero decir, sin setos, ni vallas ni tapias de ninguna clase, en pleno campo, porque había vacas paciendo en extensiones inmensas, de pie o tendidas, en el silencio del atardecer.

Puede ser que invente un poco, tal vez esté embelleciendo los detalles, pero en conjunto venia a ser así. Las vacas mastican, luego tragan, luego, tras una breve pausa, se preparan calmosamente para el próximo bocado. Un tendón del cuello se agita y las mandíbulas vuelven a triturar. Pero a lo mejor todo esto son solo recuerdos. El camino, blanco y compacto, acuchillaba los suaves pastos, subía y bajaba según los accidentes de la orografía. La ciudad no estaba lejos.

 

Eran dos hombres, sobre este punto no hay error posible, uno alto y el otro bajito. Habían salido de la ciudad, primero el uno y luego el otro, y el primero, cansado o recordando de pronto algún compromiso, había vuelto sobre sus pasos. Hacía fresco, porque llevaban abrigo. Se parecían, pero no más que otros. Al principio estaban bastante alejados. Aunque hubiesen levantado la cabeza para buscarse con la mirada no se habrían visto a causa del espacio que les separaba, y también a causa de la orografía, que hacía ondular el camino, no muy profundamente, pero sí lo bastante, sí lo bastante.

Pero llegó un momento en que descendieron simultáneamente al mismo hoyo y allí terminaron por encontrarse de una vez. No, nada induce a suponer que ya se conocieran. Pero quizá por el ruido de sus pasos o advertidos por algún oscuro instinto, levantaron la cabeza y estuvieron observándose sus buenos quince pasos antes de detenerse, el uno junto al otro. No, no se cruzaron, pero se detuvieron, muy cerca el uno del otro, como suelen hacer en el campo, al atardecer, en un camino desierto, dos caminantes que no se conocen, y eso nada tiene de extraordinario.

Aunque quizá se conocían. En todo caso, ahora sí se conocen y supongo que en lo sucesivo se reconocerán y se saludarán, aunque sea en el mismo centro de la ciudad. Se volvieron hacía el mar que, lejos al Este, más allá de los campos, ascendía en el cielo palideciente, y cambiaron algunas palabras, luego cada uno prosiguió su camino. Luego cada uno prosiguió su camino, A en dirección a la ciudad, B a través de regiones que no parecían serle familiares, porque avanzaba a un paso inseguro y se detenía con frecuencia para mirar en torno, como quien busca fijar en su memoria puntos de referencia, pensando que quizá un día -nunca se sabe- deberá volver sobre sus pasos.

Las engañosas colinas donde, no sin temor, se aventuraba, sin duda le eran conocidas únicamente por haberlas visto de lejos, quizá desde la ventana de su cuarto o desde la cúspide de un monumento algún día aburrido en el que, sin tener nada especial en que ocuparse, había abonado los tres o seis peniques de la entrada y subido hasta la plataforma por la escalera de caracol. Desde ahí debía verse todo, la llanura, el mar y estas colinas que hay quien prefiere llamar montañas, de color añil en algunos parajes bajo la luz del atardecer, que se agolpan unas tras otras hasta perderse de vista, veteadas por valles apenas visibles, pero que se adivinan a causa de la escala de los tonos y también a causa de otros indicios que no sería posible traducir en palabras y menos aún en pensamientos.

Pero ni siquiera desde semejante altura se las adivina a todas, y a menudo donde solo hemos visto una ladera o una cima hay en realidad dos laderas, dos cimas, separadas por un valle. Pero ahora ya conoce estas colinas, es decir, al menos las conoce un poco mejor, y sí alguna otra vez vuelve a contemplarlas de lejos, creo que ya será con otros ojos, y no solo las colinas, sino el interior, todo el espacio interior que nunca vemos, el cerebro y el corazón y las otras cavernas donde sentimiento y pensamiento celebran su aquelarre, todo bajo una disposición muy distinta.

Tiene aspecto de hombre ya entrado en años y da un poco de pena verle caminar completamente solo después de tanto tiempo, tantos días y noches consagrados sin llevar la cuenta a este rumor que se eleva desde el nacimiento e incluso antes, a este insaciable ¿Cómo hacer? ¿Cómo hacer?, a veces muy bajo, un simple susurro, a veces claro y distinto como cuando el camarero de un hotel nos pregunta: «¿Y qué tomará el señor para beber?», y otras veces creciendo hasta las proporciones de un clamor.

Total, para terminar yéndose solo, o casi solo, por caminos ignorados, cuando cae la noche, apoyado en un bastón. Era un bastón grande; le servía para apoyarse al avanzar, y también para defenderse, si llegara el caso, de los perros y los salteadores. Sí, la noche estaba cayendo, pero el hombre era inocente, de una gran inocencia, no tenía miedo de nada, sí, tenía miedo, pero no tenía por qué tenerlo, nadie iba a hacerle daño, o muy poco. Aunque, claro, esto él lo ignoraba. Yo mismo, con tal de que me pusiera a reflexionar, también lo ignoraría.

El hombre se veía amenazado, en su cuerpo, en su razón, y quizá lo estaba realmente, a pesar de su inocencia. ¿Qué tiene que ver la inocencia con todo este asunto? ¿Qué relación puede tener con los innumerables agentes del Maligno? La cuestión no queda muy clara. El hombre llevaba un sombrero puntiagudo, o al menos esto me parecía. Me acuerdo de que el detalle me sorprendió más de lo que me habría sorprendido una gorra, por ejemplo, o un bombín. Lo miré alejarse, dominado por su inquietud, mejor dicho, por una inquietud que no era necesariamente suya, pero de la cual participaba en cierto modo. Quién sabe, quizá era mi propia inquietud la que le invadía.

El no me había visto. Yo estaba encaramado por encima del nivel más elevado del camino y además pegado a una roca del mismo color que yo, quiero decir gris. Es probable que viera la roca. Miraba en torno suyo, según he hecho ya observar, como para grabar en su memoria las características del camino, y debió de ver la roca a cuya sombra me había agazapado, al modo de Belacqua, o de Sordello, ya no me acuerdo bien. Pero un hombre, y yo más, no se puede decir en rigor que forme parte exactamente de las características habituales de un camino. Quiero decir que si por alguna casualidad extraordinaria vuelve a pasar algún día por ahí, tras un largo período de tiempo, vencido, o en busca de algo que se le haya perdido, o para quemar algo, lo que buscará con los ojos es la roca y no el azar de esta cosa movediza y fugitiva que es la carne aún viviente.

No, desde luego que no me vio, por las razones que he dicho, y además porque no estaba para estas cosas aquella tarde, porque no tenía el pensamiento puesto en los seres vivos, sino más bien en lo que nunca cambia de lugar, o cambia tan despacio que hasta a un niño le daría risa, para no hablar ya de la reacción de un viejo. Sea como sea, quiero decir, tanto si me vio como si no me vio, insisto en que le miraba alejarse, víctima (yo) de la tentación de levantarme para seguirle, quizá incluso para acompañarle algún día en su camino, tanto con objeto de conocerle mejor como de sentirme yo mismo menos solo. Pero a pesar de que mi alma sentía este impulso hacia él, yo le divisaba con dificultad, a causa de la oscuridad y también de la configuración del terreno, entre cuyos repliegues desaparecía de vez en cuando para volver a emerger más tarde, pero sobre todo yo creo que a causa de otras cosas que me llamaban y hacia las cuales se precipitaba mi alma también en su momento, sin reflexión ni método, alocada.[/ezcol_2third] [ezcol_1third_end][/ezcol_1third_end]

 

 

[ezcol_1third][/ezcol_1third] [ezcol_2third_end] Naturalmente, estoy hablando de los campos que blanqueaban bajo el rocío, y de los animales que cesaban en su vagabundeo para adoptar sus actitudes nocturnas, y del mar, sobre el cual me abstendré de decir cosa alguna, y del perfil cada vez más nítidamente recortado de las cumbres, y del cielo donde sin verlas sentía titilar las primeras estrellas, y de mi mano en mi rodilla, y, sobre todo, también del otro caminante, A o B, ya no me acuerdo, que prudentemente volvía a su casa. Sí, también de mi mano, que sentía temblar en mi rodilla y de la que solo alcanzaba a ver la muñeca, el dorso bajo un apretado vendaje y la blancura de las primeras falanges.

Pero no quiero hablar de ella, quiero decir de esta mano, cada cosa a su tiempo, de lo que quiero hablar ahora es de este A o B que vuelve a la ciudad de donde había salido. Pero, en el fondo, ¿había en su aspecto algo especialmente urbano? Llevaba la cabeza descubierta, calzaba alpargatas, fumaba un cigarro. Se movía con una negligencia de paseante que, con razón o sin ella, me parecía expresiva. Pero todo ello no probaba nada, no refutaba nada. Podía haber venido de lejos, incluso del otro extremo de la isla, podía dirigirse a esta ciudad por primera vez en su vida o regresar a ella tras una larga ausencia.

Le seguía un perrito, creo que de Pomerania; no, no lo creo. No estaba muy seguro entonces y ahora todavía no lo estoy, aunque bien es verdad que no he meditado mucho sobre esta cuestión. El perrito le seguía con dificultad, al modo de los perros de Pomerania, deteniéndose, dando largos rodeos, renunciando, quiero decir abandonando, para reemprender el camino un poco más lejos. El estreñimiento en los perros de Pomerania es señal de buena salud. En un momento dado -si se prefiere, preestablecido- el caballero volvió sobre sus pasos, tomó en brazos al perrito, se quitó el cigarro de la boca y sumergió su rostro en el pelaje anaranjado. Saltaba a la vista que era todo un caballero. Sí, era un perro de Pomerania de pelaje anaranjado, cuanto más lo pienso más me voy convenciendo. Y, sin embargo, ¿deberé creer que este caballero había venido de lejos, sin sombrero, calzando alpargatas, con un cigarro en la boca, seguido por un perro de Pomerania? ¿O más bien tenía la apariencia de haber transpuesto las murallas, después de una buena comida, para pasearse y para pasear a su perro, entre pedos y ensueños, como tantos ciudadanos cuando hace buen tiempo?

Pero el cigarro tal vez era en realidad una pipa corta, y las alpargatas, zapatos claveteados que el polvo blanqueaba, y en cuanto al perro, ¿por qué no podía ser uno de esos perros vagabundos que recogemos y tomamos en brazos, por compasión o porque llevamos mucho tiempo errando completamente solos, sin otra compañía que estos caminos interminables, estos arenales, estas marismas, guijarros, matorrales, esta naturaleza indicadora de otra justicia, o de vez en cuando un compañero de cautiverio que quisiéramos abordar, abrazar, ordeñar, amamantar, y con el que nos cruzamos, fría la mirada ante el temor de que se permita familiaridades? Hasta que llega un día en que no podemos más, en este mundo que no nos abre los brazos, y cogemos entre los nuestros a un perro sarnoso, y lo llevamos con nosotros el tiempo preciso para que llegue a amarnos, para que lleguemos a amarlo, y después lo mandamos a paseo. A lo mejor le ocurría esto, pese a las apariencias. Desapareció, con el objeto humeante en la mano, y la cabeza gacha. Me explico.

Siempre me apresuro a retirar la mirada de los objetos a punto de desaparecer. Nunca he podido mirarlos hasta el último momento. Me refiero a esto cuando digo que desapareció. Con la mirada en otra parte, yo seguía pensando en él. Me decía: «Se va haciendo pequeño, se va haciendo pequeño.» Me comprendía muy bien. Tullido y maltrecho como estaba, hubiera podido llegar a reunirme con él. Solo tenía que quererlo. Y ni siquiera eso, porque lo quería. Levantarme, descender al camino, precipitarme renqueando en su persecución, llamarle desde lejos, nada más fácil. Mis gritos llegan a sus oídos, se vuelve, me espera. Jadeando, sosteniéndome en mis muletas, estoy junto a él, junto al perro. Le inspiro un poco de miedo y un poco de compasión. Le asqueo moderadamente. No soy muy agradable de ver, no huelo muy bien.

¿Qué quiero? Ah, conozco tan bien este tono, hecho de miedo, de asco, de compasión. Quiero ver al perro, ver al hombre de cerca, saber lo que fuma, inspeccionar los zapatos, tomar nota de otros indicios. Es una buena persona, me dice esto y lo otro, me dice cosas, de dónde viene, adónde va. Yo le creo, porque sé que no tengo otra oportunidad de… otra oportunidad, creo todo lo que me dice, demasiadas veces me he hecho el remolón en la vida, ahora me lo trago todo, ávidamente. Lo que necesito es que me cuenten historias, he tardado mucho en saberlo. Bueno, por otra parte tampoco estoy muy seguro. En resumen, estoy seguro respecto a determinadas cosas, sé algunas cosas de él, cosas que ignoraba, que me picaban la curiosidad, cosas por las que ni siquiera había sufrido. Qué verborrea. Soy capaz hasta de haberme enterado de su oficio, yo que me intereso tanto en oficios y profesiones. Hago todo lo posible por no hablar de mí. Ya veréis cómo dentro de poco vuelvo a hablar del cielo y de las vacas.

Vaya, ahora se marcha, tiene prisa. No parecía que tuviera prisa, estaba dando un paseo, ya lo hice notar, pero al cabo de tres minutos de conversación conmigo ya tiene prisa, debe apresurarse, va con retraso. Lo creo. Y me quedo otra vez no diré solo, no es mi estilo, sino, cómo diría, no sé, devuelto a mí, no, nunca me he dejado, libre, eso es, no sé lo que significa, pero es la palabra que quiero emplear, libre para qué, para nada, para saber, pero qué, las leyes de la conciencia tal vez, de mi conciencia, por ejemplo, que el agua sube de nivel según uno se va sumergiendo en ella y que sería preferible, es decir, por lo menos igual de bueno, borrar los textos que emborronar los márgenes, cubrirlos hasta que todo sea blanco y liso y la estupidez revele su verdadero rostro, sin sentido, sin salida.

De modo que sin duda hice bien, en fin, bastante bien no moviéndome de mi puesto de observador. Pero en vez de observar tuve la flaqueza de volver mentalmente hacia el otro, hacia el hombre del bastón. Entonces se dejaron oír de nuevo los murmullos. Restablecer el silencio, este es el papel de los objetos. Yo me decía: «Quién sabe si a lo mejor simplemente habrá salido a tomar el fresco, a relajarse, a desentumecerse, a descongestionarse el cerebro haciendo afluir la sangre a los pies, a fin de asegurarse una noche tranquila, un feliz despertar, un venturoso mañana.»[/ezcol_2third_end]

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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«La Trilogía» es generalmente considerada como una de las obras literarias más importantes del siglo XX, y la obra más importante no dramática en la obra de Beckett.

Molloy es un vagabundo, actualmente postrado en la cama, parece ser un veterano en la vagancia, pareciendo que «para el que no tiene nada no está prohibido saborear la suciedad». Es sorprendentemente bien educado, había estudiado geografía, entre otras cosas, y parece saber algo del «viejo Geulincx». Tiene una serie de hábitos extraños, entre ellos chupar guijarros, descrito por Beckett en un pasaje enorme e infame, y también tener una extraña y morboso apego a su madre (que puede estar o no muerta).

 

 

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