Ruido de pasos  

De El viacrucis del cuerpo, 1974

Tenía ochenta y un años de edad. Se llamaba doña Cándida Raposa. Esa señora tenía el deseo irreprimible de vivir.

El deseo se sustentaba cuando iba a pasar los días a una hacienda: la altitud, lo verde de los árboles, la lluvia, todo eso la acicateaba.

Cuando oía a Lisz se estremecía toda. Había sido bella en su juventud. Y le llegaba el deseo cuando olía profundamente una rosa.

Pues ocurrió con doña Cándida Raposa que el deseo de placer no había pasado. Tuvo, en fin, el gran valor de ir al ginecólogo.

Y le preguntó, avergonzada, con la cabeza baja:

—¿Cuándo se pasa esto?

—¿Pasa qué, señora?

—Esta cosa.

—¿Qué cosa?

—La cosa, repitió. El deseo de placer —dijo finalmente.

—Señora, lamento decirle que no pasa nunca.

Lo miró sorprendida.

—¡Pero ya tengo ochenta y un años de edad!

—No importa, señora. Eso es hasta morir.

—Pero ¡esto es el infierno!

—Es la vida, señora Raposo.

Entonces, ¿la vida era eso? ¿Esa falta de vergüenza?

—¿Y qué hago ahora? Ya nadie me quiere… El médico la miró con piedad.

—No hay remedio, señora.

—¿Y si yo pagara?

—No serviría de nada. Usted tiene que acordarse de que tiene ochenta y un años de edad?

—¿Y… si yo me las arreglo solita? ¿Entiende lo que le quiero decir?

—Sí —dijo el médico-. Puede ser el remedio.

Salió del consultorio. La hija le esperaba abajo, en el coche. Cándida Raposo había perdido un hijo en la guerra.

Era un soldado de la fuerza expedicionaria brasileña en la Segunda Guerra Mundial. Tenía ese intolerable dolor

en el corazón: el de sobrevivir a un ser adorado. Esa misma noche se dio una ayuda y solitaria se satisfizo.

Mudos fuegos de artificio. Después lloró. Tenía vergüenza. De ahí en adelante utilizaría el mismo proceso.

Siempre triste. Así es la vida, señora Raposo, así es la vida. Hasta la bendición de la muerte. La muerte.

Le pareció oír ruido de pasos. Los pasos de su marido Antenor Raposo.

 


 

Ruído de passos

Tinha oitenta e um anos de idade. Chamava-se dona Cândida Raposo. Essa senhora tinha a vertigem de viver.

A vertigem se acentuava quando ia passar dias numa fazenda: a altitude, o verde das árvores, a chuva, tudo isso a piorava.

Quando ouvia Liszt se arrepiava toda. Fora linda na juventude. E tinha vertigem quando cheirava profundamente uma rosa.

Pois foi com dona Cândida Raposo que o desejo de prazer não passava. Teve enfim a grande coragem de ir a um ginecologista.

E perguntou-lhe envergonhada, de cabeça baixa:

– Quando é que passa?

– Passa o quê, minha senhora?

– A coisa.

– Que coisa?

– A coisa, repetiu. O desejo de prazer, disse enfim.

– Minha senhora, lamento lhe dizer que não passa nunca.

Olhou-o espantada.

— Mas eu tenho oitenta e um anos de idade!

– Não importa, minha senhora. É até morrer.

– Mas isso é o inferno!

– É a vida, senhora Raposo.

A vida era isso, então? Essa falta de vergonha?

– E o que é que eu faço? Ninguém me quer mais…

O médico olhou-a com piedade.

– Não há remédio, minha senhora.

– E se eu pagasse?

– Não ia adiantar de nada. A senhora tem que se lembrar que tem oitenta e um anos de idade.

– E… e se eu me arranjasse sozinha? O senhor entende o que eu quero dizer?

— É, disse o médico. Pode ser um remédio.

Então saiu do consultório. A filha esperava-a embaixo, de carro. Um filho Cândida Raposo perdera na guerra, era um pracinha.

Tinha essa intolerável dor no coração: a de sobreviver a um ser adorado. Nessa mesma noite deu um jeito e solitária satisfez-se.

Mudos fogos de artifícios. Depois chorou. Tinha vergonha. Daí em diante usaria o mesmo processo. Sempre triste. É a vida,

senhora Raposo, é a vida. Até a bênção da morte. A morte. Pareceu-lhe ouvir ruído de passos.

Os passos de seu marido Antenor Raposo.

 


 

 

Clarice lispector

Relatos

Editorial Palabras

Clarice na cabeceira

Crónicas

Organización teresa Montero

Editorial Rocco

2009

 


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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